El dentista hizo una pausa, observándolo como un mecánico experimentado observa un motor que hace un ruido nuevo y desconocido. No era irresoluble, pero sin duda requerirĂa creatividad.
—De acuerdo —dijo, probando un nuevo ángulo—. PodrĂamos probar con sedaciĂłn oral. Una pastilla.
El hombre se iluminĂł al instante.
¡Ay! Puedo tomar pastillas. Las pastillas están bien. Son geniales. Dame una pastilla.
Perfecto, pensó el dentista. Un sedante suave y agradable. Suficiente para suavizar los bordes y bajar un poco el pánico. Saquémosle esta muela y devolvámosle a este hombre la vida que sea que tenga, donde no existen las agujas ni los gases.
El Dr. Patel metió la mano en el cajón y sacó una pastilla pequeña. Simple. Inofensiva. Eficaz.
Lo colocĂł en la palma del paciente.
—Toma —dijo—. Toma esto. Te ayudará.
El hombre lo miró con recelo. “¿Qué es?”
“Viagra.”
¿Viagra? Espera… ¿La Viagra funciona como analgésico?
—No —dijo el dentista, serio—. Pero te dará algo a lo que agarrarte mientras te saco la muela.
Por una fracciĂłn de segundo, la habitaciĂłn quedĂł en completo silencio. Entonces, el paciente se quedĂł boquiabierto. ArqueĂł las cejas. Se le escapĂł un sonido entre jadeo, risa y un balbuceo de indignaciĂłn.
—Estás bromeando —susurró escandalizado.
El dentista mantuvo la cara seria. “¿Lo soy?”
El hombre miró la pastilla en la palma de su mano como si lo hubiera traicionado personalmente. “Doctor. Vine aquà para perder un diente, no mi dignidad”.
Dijiste que nada de agujas. Nada de gas. Las pastillas eran la Ăşnica opciĂłn que quedaba.
“¡Ese tipo de pastilla no!”
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