La verdad escondida en la mochila
La nota de disculpas
Lucía sacó un papel arrugado del fondo de la mochila.
Estaba doblado muchas veces, como si Mateo hubiera querido esconderlo.
Lo abrí lentamente.
“Mamá:
Perdón por arruinar el mural del Día de la Madre.
Sé que estás cansada y enferma, y yo solo causé más problemas.
Pero te prometo que no soy malo.
—Mateo”
Sentí frío en todo el cuerpo.
—¿Qué es esto? —pregunté.
Lucía bajó la mirada.
—La señorita Beltrán lo obligó a escribirlo.
—¿Por qué?
—Porque dijeron que él había arruinado el mural… pero no fue él.
Entonces me contó la verdad.
Otro niño había derramado pintura y roto unas tarjetas.
Mateo solo tenía pegamento en las manos porque estaba ayudando a Lucía.
Pero nadie quiso escucharlo.
—Él repetía todo el tiempo: “Mi mamá sabe que yo no miento” —dijo la niña entre lágrimas—. Pero la maestra le dijo que incluso los buenos hijos decepcionan a sus madres.
Sentí que el alma se me hacía pedazos.
Mi hijo había muerto creyendo que yo podía pensar que era malo.
“Está pasando otra vez”
Después Lucía me contó algo aún más doloroso.
—Mateo me dijo: “Lucía… me está pasando otra vez”.
La miré confundida.
—¿Otra vez?
Ella asintió llorando.
—Me había contado antes… dijo que a veces sentía algo raro en el pecho. Pero no quería preocuparla porque usted estaba enferma.
Mis piernas dejaron de sostenerme.
Mateo había estado ocultando su dolor para no preocuparme.
—Yo le dije que tomara agua… —sollozó Lucía—. Mi papá siempre decía eso cuando me dolía la panza.
Me arrodillé frente a ella y tomé sus manos.
—No fue tu culpa, cariño. Tú intentaste ayudarlo.
Ella lloró todavía más fuerte.
—Después quiso guardar el unicornio para que usted no viera primero la nota de disculpas… y entonces se cayó.
Cerré los ojos intentando soportar aquella imagen.
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