La niña con la mochila
Tenía el cabello castaño desordenado, las mejillas húmedas y una campera de jean demasiado grande para ella.
Entre sus brazos sostenía la mochila de Mateo.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Usted es la mamá de Mateo? —preguntó con voz temblorosa.
Asentí sin poder hablar.
Ella abrazó la mochila más fuerte.
—Usted estaba buscando esto… ¿verdad?
—¿Dónde la encontraste, cariño?
—Mateo me pidió que la cuidara. Él era mi amigo.
El aire dejó de entrar en mis pulmones.
—¿Cuándo te lo pidió?
—Ese mismo día.
Intenté tomar la mochila, pero ella dio un paso hacia atrás.
—No… primero tengo que contarle algo. Si no, me voy a asustar y voy a salir corriendo.
Tragué saliva.
—¿Cómo te llamas?
—Lucía.
La hice pasar.
—No la robé —dijo rápidamente.
—Lo sé.
—La estaba cuidando.
Esas palabras casi me rompieron por completo.
El regalo que Mateo nunca pudo terminar
Lucía dejó la mochila sobre la mesa de la cocina con un cuidado casi sagrado.
—Ábrala —susurró.
Mis manos temblaban mientras bajaba el cierre.
Dentro había agujas de tejer, lana violeta y blanca, un patrón arrugado y algo envuelto en papel de seda.
Lo saqué lentamente.
Era un unicornio tejido a mano.
Torcido.
Imperfecto.
Una pata sin terminar, una cola torcida y el cuerno apenas comenzado.
—Era para usted —explicó Lucía—. En la clase de manualidades la señorita Beltrán dijo que los regalos hechos a mano tenían más amor. La mayoría hizo señaladores… pero Mateo quiso hacer un unicornio.
No entendía.
—¿Un unicornio? Él amaba los dinosaurios.
Lucía se secó la nariz con la manga.
—Dijo que a usted le gustaban.
Y entonces recordé aquella taza vieja con un unicornio que usaba todas las mañanas.
Una vez le dije que me encantaban.
Solo una vez.
Y él lo había recordado.
Debajo de la lana encontré una tarjeta.
“Mamá:
Todavía no está terminado.
No te rías. Lucía dice que el cuerno es la parte más difícil.
La señorita Beltrán dijo que no había suficiente tiempo antes del Día de la Madre.
Te amo más que a los desayunos de cereal.
—Mateo”
No pude contener el llanto.
Lucía también empezó a llorar.
Pero entonces dijo algo que cambió todo.
—Hay más…
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