Historia: Trabajé Toda Mi Vida En El Cementerio… Y Lo Que Viví No Se Lo Deseo A Nadie.

La última batalla

Fui a la tumba 44 con una Biblia, una cruz de madera y sal.

Recité el Salmo 91 con la voz rota.

El suelo tembló.
Las campanas gritaron.
Las voces salieron de la tierra.

El sacerdote emergió de la tumba.

“No puedes enterrar lo que ya despertaste”.

Grité su nombre y ordené que descansara.

El cementerio entero gritó.

Luego… silencio.


El final que nunca fue del todo

La tumba quedó sellada.
Las campanas callaron.
La flor negra desapareció.

Pero la niña sigue apareciendo en mis sueños.

Y mi reloj aún marca siempre lo mismo cuando despierto:

3:17 a.m.


¿Qué aprendemos de esta historia?

 

Algunas puertas no deben abrirse.
Algunos secretos no quieren ser recordados.
Y hay lugares donde el pasado no descansa… solo espera.

La historia nos recuerda que ignorar las señales no las hace desaparecer.
A veces, lo más peligroso no es lo que vemos…
sino lo que decidimos no creer.

Y cuando el silencio te llama por tu nombre,
no siempre es prudente responder.