La canción que nadie cantaba
Una noche oí una voz femenina cantando desde dentro del osario. Una melodía suave, como una canción de cuna. Cuando abrí la puerta… no había nadie.
Entonces volvieron los golpes.
Corrí a casa con el miedo clavado en los huesos. Mi madre me dijo algo que nunca pude borrar:
“Cuando abres una puerta, hijo, nunca vuelves a estar solo”.
La flor negra
Después de eso, el cementerio cambió.
Una mañana apareció una flor negra sobre una tumba recién cerrada. Nadie había entrado. Nadie la había puesto.
Las estatuas parecían moverse.
Las velas se encendían solas.
Las cruces caían sin que nadie las tocara.
El lugar estaba… atento.
La niña de blanco
La vi una tarde entre la niebla.
Una niña descalza, vestida de blanco, frente al osario.
—¿Por qué los entierran así? —me preguntó—. Nunca pueden dormir.
Cuando parpadeé, ya no estaba.
Pero regresaba.
Siempre los lunes.
Siempre con la misma pregunta.
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