En el punto ciego de la cámara, Leo sacó una tableta escondida.
Había accedido a las sincronizaciones de su padre semanas atrás, observando en silencio. Esa mañana, al confirmar el plan, envió toda la evidencia en tiempo real.
Ahí estaban los mensajes con Clara: el regulador flojo, la vela aromática, el seguro, el viaje falso.
Y una foto: una prueba de embarazo.
Algo se quebró dentro de mí.
Y algo nuevo nació.
—Grábame —le dije—. No vamos a huir. Vamos a sobrevivir y a exponerlo.
El regreso de Javier
Leo rastreó el GPS del auto.
El punto dio la vuelta.
—Nunca iba a Barcelona —dijo—. El viaje era una coartada. Solo necesitaba tiempo para que todo pareciera un accidente.
En veinte minutos estaría de regreso.
Ya no vendría a comprobar nada.
Vendría a matarnos.
Prepararse para sobrevivir
Leo abrió un escondite: herramientas, un spray de guindilla casero y un táser que había robado meses atrás, aprovechando que su padre bebía por las noches.
—Si se acerca, no dudes.
Nos escondimos fuera del ángulo de la cámara y dejamos la silla de ruedas volcada como señuelo.
Esperamos.
El enfrentamiento
Javier entró en silencio.
No gritó.
No fingió preocupación.
Traía una llave de hierro.
Lo ataqué con el táser. La descarga fue breve, suficiente para desestabilizarlo, pero no para dejarlo inconsciente. Me derribó y trató de estrangularme.
Leo lo roció con el spray de guindilla.
Corrimos escaleras arriba.
El fuego