Otro aspecto que ha generado debate son las experiencias cercanas a la muerte, conocidas como ECM. Quienes las han vivido suelen describir sensaciones similares: flotación, claridad mental, una luz brillante, encuentros con seres queridos que ya fallecieron o una sensación de salir del cuerpo. Para la ciencia, estas experiencias podrían estar relacionadas con una combinación de factores: falta de oxígeno, liberación de neurotransmisores, actividad eléctrica desorganizada o incluso mecanismos de defensa del cerebro frente a un trauma extremo. Pero lo curioso es que muchos relatos coinciden en detalles que la neurología aún no puede explicar del todo.
También hay casos documentados de personas que experimentaron lo que describen como “conciencia expandida”, es decir, un estado en el que sentían saberlo y entenderlo todo, como si hubieran tenido acceso a una especie de “claridad absoluta”. Aunque esto también puede tener explicaciones neurológicas, la precisión con la que algunas personas describen sus vivencias ha dejado a muchos investigadores desconcertados.
Otro estudio mostró que, en algunos pacientes que estaban siendo monitoreados mientras fallecían, la actividad cerebral se comportó de una manera que sugiere que el cerebro podría estar procesando información, recordando o imaginando algo en sus últimos instantes. Esto no significa que haya “vida después de la muerte”, pero sí implica que la conciencia humana podría ser más resistente de lo que creíamos.
Además, no se puede ignorar que, a lo largo de la historia, culturas de todo el mundo han creído en algún tipo de existencia después de la muerte. Desde los egipcios hasta las culturas indígenas, pasando por filosofías orientales y religiones modernas, todas coinciden en que la muerte no es el final total. Aunque este no es un argumento científico, sí muestra que la humanidad ha intuido durante milenios que hay algo más allá. Y aunque la ciencia no puede confirmar eso, tampoco ha podido descartarlo por completo.
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