Las teorías comenzaron a aparecer
Me senté en el suelo con el objeto en la mano y empecé a examinarlo cuidadosamente.
Intenté identificar patas, alas o cualquier detalle que pudiera revelar de qué se trataba. Lo giré varias veces, observando cada pequeño relieve y cada curva de su superficie.
Las preguntas no dejaban de surgir.
¿Era algún insecto seco?
¿Alguna especie rara de capullo?
¿Un animal diminuto que había encontrado refugio bajo la cama?
Incluso llegué a preguntarme si mi hijo habría encontrado algo extraño durante alguna excursión o paseo y lo habría guardado allí sin decir nada.
Lo cierto es que ninguna teoría parecía encajar del todo.
Una búsqueda que aumentó la confusión
La curiosidad pudo más que yo.
Tomé algunas fotografías y comencé a buscar información en internet. Comparé imágenes de insectos, capullos, escarabajos, restos de exoesqueletos y todo tipo de criaturas que pudieran parecerse.
Durante varios minutos no encontré nada convincente.
De hecho, cuanto más buscaba, más confundido me sentía. Había imágenes similares, pero ninguna coincidía completamente con lo que tenía frente a mí.
El misterio seguía sin resolverse.